El grupo: una oportunidad de crecer acompañad@s.

Me dispongo aquí a escribir algunas ideas que vengo elaborando del trabajo grupal en los procesos terapéuticos. En los últimos años, mi trabajo como terapeuta se ha dado fundamentalmente en grupos y ese hecho, que agradezco profundamente, me ha animado a interesarme por ese tipo de trabajo y a hacer algunas reflexiones prácticas sobre los grupos que me son muy útiles en mi quehacer cotidiano.

Como es sabido, el círculo es el símbolo del grupo. Un círculo, según su definición, es la superficie delimitada por una circunferencia. Esta superficie, que es el círculo, será el espacio que permitirá, contendrá y testimoniará el trabajo terapéutico grupal.

Así, en los grupos terapéuticos, y de TCI en concreto, nos sentamos en circunferencia, creando entre todas un círculo. A menudo llamado espacio sagrado o, desde la gestalt, espacio para el vacío fértil, el círculo nos permite crecer acompañadas. Nos permite mirarnos con el testimonio de otras personas, así como poder verlas en su autenticidad. El círculo es un espacio de todas, creado por todas y que puede ser para quien lo quiera ocupar.

En el círculo creado, se tejen hilos profundos, transparentes y sanadores, de todos los miembros del grupo con todos y de cada miembro con el grupo. Porque en el trabajo grupal, el grupo pasa a ser uno más. Tenemos en cuenta a cada persona que formamos el círculo y también al grupo en sí, como un ente más entre nosotras, un ser que somos todas y del que, des del momento en que nos sentamos juntas a su alrededor, somos partícipes.

El círculo también es símbolo de lo femenino, y se asocia con la madre y, por tanto, con la tierra. Como una madre, el espacio grupal es un espacio de florecimiento para renacer, para recrearnos, un espacio donde poder reaprender a vincularnos, a mirarnos, a cuidarnos. Es un espacio ideal para trabajar el instinto tierno, la mirada hacia adentro, hacia las propias necesidades y deseos y para reconectarnos con nuestra ternura. Un espacio donde apoyarnos y dejarnos caer, donde recuperar la confianza perdida y donde sanar los vínculos que fueron dañados en nuestra vida, también con nuestra propia madre.

Además, el grupo, debido a su naturaleza social, también supone una gran oportunidad para trabajar la salida al mundo. La mirada hacia afuera, aprendida de la función paterna, el instinto agresivo, sale a la luz en el grupo. Cómo me relaciono con las demás personas, cómo voy hacia lo que quiero, cómo me relaciono con el/la terapeuta, como lucho por mis deseos y sueños, como me defiendo y me respeto. El grupo, representando la totalidad de la sociedad, nos pone delante la posibilidad de mirarnos en nuestra salida hacia el mundo y, por lo tanto, de poder reinventarnos en ella.

Y, en los grupos, también encontramos hermanas y hermanos: nuestros compañeros y compañeras de camino que serán nuestros mejores aliados y también trampolines para el crecimiento. Ellos son espejos que se convierten en puertas para acceder a nosotras mismas. A veces nos ayudamos colaborando activamente en los trabajos de otros; otras veces, nos hacemos de espejo mostrando lo que no queremos ver, tanto de luz como de sombra, y otras veces se dan encuentros mágicos y sanadores, momentos que servirán de anclaje para poder tener el recuerdo de vivencias sanadoras en nuestro día a día.

Desde mi vivencia, y viendo ahora todo el camino recorrido, puedo afirmar que el trabajo en grupos ha sido una de las piezas claves para mi crecimiento. El encuentro autentico con personas, la reconstrucción de mi misma y la sanación que me han permitido los espacios grupales, los círculos, han sido pieza fundamental para mi desarrollo.

En mi experiencia profesional, el trabajo en grupo es una joya. El arte de cuidar, des del apoyo o la confrontación, de acompañar a vincular y de ofrecer las propuestas adecuadas en cada momento, supone ahora un camino de crecimiento para mí del que, como ya he dicho, estoy profundamente agradecida. Aprendo cada día con los grupos, la potencia de este tipo de trabajo (que considero sagrado por mi sentirme acompañada de los divino cuando entro en los círculos) y presencio la capacidad de sanación que ofrecen los vínculos auténticos y el Amor. Observo, y me sigo sorprendiendo, como cuando el grupo se vincula, se ama, el miedo de cada miembro se puede disipar y emerge la confianza. La confianza en el trabajo, en las propuestas, en las terapeutas, en las compañeras y, lo más importante de todo, la confianza en el grupo. Que no es mas que la representación de la confianza de cada una con una misma. Porque, un grupo terapéutico entregado al crecimiento, como los encuentros auténticos, es siempre mágico y sanador.

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